Los cortes en el servicio de internet ya tenían a mi papá fuera de sus casillas. Aproximadamente 1 vez por semana internet dejaba de funcionar, de preferencia los fines de semana, por alrededor de 3 ó 4 horas. Obviamente esta situación era irregular e incómoda, en especial después de cancelar alrededor de $60.000 mensuales por el famoso Triple Pack.
Cuando la situación se volvió insostenible (un corte justo cuando mi hermano necesitaba coordinar un trabajo con unos compañeros vía MSN), decidí llamar a un técnico. Luego de las usuales instrucciones del operador (desconecte todo, enchufe al PC, a la corriente el módem, salte en un pie, cierre un ojo, etc.), me asignaron un técnico que visitaría mi casa al día siguiente. Afortunadamente, aquel día podía venirme temprano de la universidad para atender al gentil personal de VTR, pues mi mamá se sentía insegura manejando sola toda la situación.
Cerca de las 4 pm llegó el imponente carruaje VTR. Se bajaron de él 2 técnicos con andar pomposo, lentes de sol, peinados para parecer cool, pero con fenotipos bastante menos “Santiago Oriente” de lo que deseaban aparentar. Miraron mi casa con un gesto de desdén y preguntaron dónde estaba la conexión y el computador, pues necesitaban hacer mediciones.
Luego de explicarles cómo estaba constituida la red doméstica (en ese momento un router, con 2 PCs y un notebook con Wi-Fi), ingresaron a mi habitación, con su aire arrogante, pero definitivamente patético. “Dios mío, me saldrá una pelea hoy” – pensé.
“Qué lento este computador, qué insportable” – se quejó el técnico líder, mientras el otro, bastante menos soberbio me lanzaba una mirada excusándose por su compañero.
“Bueno, lo siento, es un poco viejo y no tengo dinero para comprarme otro” – respondí sumiso (aún).
“¡Pero mira, si está lleno de cuestiones!, este escritorio tiene de todo” – volvió a insistir con su soberbia.
“¿Nunca habías visto un PC de estudiante de ingeniería?, nuestras tareas requieren muchos programas en paralelo” – contesté con un dejo de molestia y antipatía.
Como notó que comenzaría responder cada insulto que me lanzara, comenzó a revelarme la potencial causa de las fallas en un término más neutro. Me explicó que el splitter (esa cajita metálica que separa la señal en dos salidas, como por ejemplo para poner dos televisores) que yo había utilizado, era de mala calidad. Sin embargo, volvió a añadir:
“Bueno, este tipo de instalaciones no están permitidas. ¿Ustedes están colgados al cable?” – propuso con absoluta desfachatez.
“¡¡¡Qué!!!, ¿tú crees que sería tan saco de pelotas como para llamar a VTR si estuviera colgado?. Mi papá paga $60.000 mensuales a tu compañía y lo mínimo que espero es un servicio decente” – contesté furibundo.
“Es que estas instalaciones las hacemos nosotros, con materiales que cumplen nuestros estándares de calidad” – contraatacó mi rival (el otro técnico observaba todo un tanto perplejo).
“Bueno, pero no iba a pagar $20.000 por algo que cualquiera con educación media completa puede hacer” – intenté cerrar la discusión. “En fin, ¿cuál es el camino a seguir ahora?”.
“Tengo que hacer una medición. Si ponemos un splitter nosotros y la señal no cumple el estándar de frecuencia, debo sacarte el cable de tu pieza y dejarte sólo internet” – respondió gozando con mi visible desgracia. “Porque si tienes internet, ¿para qué necesitas tele con cable?”.
“Bueno, la necesito, porque a las 3 de la mañana yo estoy estudiando y cuando colapso me distrae” – argüí.
Al final de sus mediciones “sofisticadas”, con el nuevo splitter la señal dividida estaba dentro de las normas de VTR. Visiblemente incómodo, el técnico prosiguió nuestra lucha verbal:
“Tuviste suerte niñito, te vas a poder quedar con cable en tu tele” – me dijo, imprimiéndole a “tele” un tono bastante desagradable.
“Bueno, me alegro, porque me la compré yo, con mi sueldo que gano como ayudante en la universidad, justamente para ver tele a las 3 de la mañana” – volví a responder hiriente.
Luego de mi último ataque emprendió la retirada, quizás con el rabo entre las piernas, pero jamás evidenciándolo. El técnico mudo se despidió estrechándome la mano, con una mirada de: “Dios, he visto clientes ultrajados verbalmente por mi compañero miles de veces… ¡eres un sobreviviente!”. En ese momento me sentí satisfecho… engreído, despiadado, insoportable, pero satisfecho.
El arrogante técnico se despidió de mi mamá y partió a su carruaje VTR.
“¿Arreglaron el problema?” – me preguntó ella, curiosa.
“Sí mamá, y gracias a Dios no estabas sola… ¡nos enviaron al técnico más arrogante del staff de VTR!”.
“Pero si se veían tan amables…” – respondió mi mamá sorprendida.
“Las apariencias engañan madre… sí que lo hacen” – le dije.











