Recuerdo que desde pequeño fui educado para no llorar. Mi papá siempre trató de inculcarme que debía resolver mis problemas, aunque sea “pegando 1 combo y recibiendo 3”, pero no llorar. El mensaje es noble y muy digno, sin embargo cometió el error (no grave, por cierto, y tampoco irremediable) de decirme un par de veces que llorar “era para niñitas”.Curiosamente, mientras mi padre más me repetía este mensaje, más llorón era. Quizás era el simple afán de ir en dirección contraria a todo lo que él decía, pero cualquier situación dolorosa me sacaba un par de lagrimones que no podía contener.
Por el contrario, el crecer y vivir la transición de mi primer colegio al “Instituto Nacional” me volvió absolutamente duro, cruel. Por un tiempo creí en la metáfora que el llorar tanto la muerte de mi tía, a los 15 años (mi peor año), me había dejado sin lágrimas para siempre, pero cuando comencé a mirar el mundo con ojos (un poco) menos idealistas, me di cuenta que sólo había fosilizado gran parte de mi sensibilidad.
Sin embargo, si bien sigo siendo el mismo pedazo de piedra que egresó de 4° medio del “Instituto Nacional”, debo confesar que las lágrimas que no me salen en público o por motivos evidentes, encuentran su vía de escape en situaciones de lo más ridículas: películas, libros, alguna que otra canción, etc.
La primera vez que lloré con una película fue con “Ghost”, como a los 14 años. Como pertenece a mi época más sensible (que la actual), realmente no es un ejemplo muy relevante, pero recuerdo que los lagrimones me caían a chorros cuando Demi Moore se despide de Patrick Swayze en la escena final. Mi mamá, que estaba viendo la película en Canal 13 conmigo, lloraba en otro sillón, sin decir una palabra. Después ella se compró la banda sonora y me terminó por aburrir, de modo que nunca me produjo algo más que tedio.
En la etapa “más dura”, memorable fue mi lagrimeo, en la oscuridad del cine, con las 3 películas de “El Señor de los Anillos”. Antes de verlas, ya me había enamorado de los libros, de modo que la gran imaginación de Tolkien había germinado en mi cabeza, con imágenes idealizadas de locaciones, vestuarios, batallas y personajes. En mi opinión, la adaptación de Peter Jackson fue un gran acierto, de modo que me emocioné sin medida cuando presencié en el cine imágenes tanto o más magistrales que las que guardaba en mi cerebro. Entre las escenas que clasifico como lacrimógenas, y que hasta hoy me sacan lagrimitas, están la muerte de Boromir y la lealtad de Sam (primera película, pero segundo libro), la cabalgata de Gandalf con los Rohirrim (segunda parte) y la muerte del Rey Théoden y la despedida de Frodo (tercera entrega), entre otras.
La nota ñoña es que he lagrimeado (no quiero decir “llorado”, porque no es tan dramático) cientos de veces con mi serie favorita: “The X-Files”. Me salieron lágrimas traviesas cuando a Scully le detectaron cáncer y Mulder no se resigna a perderla (“Memento Mori”, cuarta temporada); cuando Scully le dice a Mulder que es su “piedra angular” (“The Sixth Extinction II: Amor Fati”, séptima temporada); cuando Mulder es abducido (“Requiem”, séptima temporada); cuando Scully sale del hospital humillada, al son de “The sky is broken”, en “All Things” (séptima temporada); y cuando Mulder descubre la verdad sobre la muerte de su hermana, con “My Weakness” de Moby sonando de fondo (“Closure”, séptima temporada). Obviamente sólo un fanático de la serie podría entender los efectos lacrimógenos a los que me refiero.
También lloré un poco con los finales de “Amélie” (de emoción, porque el final es muy feliz para la protagonista), de “Lost In Translation” (cuando la vi por primera vez y se convirtió en mi película favorita), de “Garden State” (porque efectivamente sucede lo que quería que sucediera) y con algunas escenas de “The Hours” (porque me parecieron maravillosas, por ejemplo cuando el personaje de Julianne Moore se ahoga en su cuarto de hotel).
Finalmente, debo citar algo un poco más chabacano. Este año lloré un poco con la muerte de Colomba en “Papi Ricky”. Tuve durante toda la escena una bola de emoción atascada en la garganta, pero cuando ella murió y le dijo a Ricky (¡qué personaje más detestable!) que ahora estaba listo para amar, que busque a otra chica y sea feliz, la lágrima atorada en mi ojo derecho salió por fin. En ese momento, recuerdo que mi papá vino a ver qué estaba viendo en la televisión y rápidamente me pasé la mano por los ojos y traté de componer mi voz. “Oye, recuerden que es una teleserie no más… están todos llorando” – dijo mi papá en su tradicional, y a veces odiable, tono sarcástico.











