Conseguir mi primera práctica no fue un trabajo arduo. Si bien la llamada para citarme a una entrevista tardó bastante en llegar, el desarrollo de ésta fue de lo más natural: la alumna memorista encargada del proyecto me formuló un par de preguntas relacionadas con el trabajo en firmas del área de retail y ¡listo!... el resto fue sólo describir el trabajo y hablar sobre mis intereses. 2 años más tarde, el panorama fue totalmente diferente. En plena época de exámenes me citaron a mi primera entrevista para la práctica final, en la clínica que actualmente trabajo. Si bien el ingeniero que me entrevistó fue riguroso, en ningún momento se sobrepasó con la agudeza, de modo que no me sentí incómodo en lo absoluto (y la entrevista resultó muy bien).
2 días más tarde, asistí a la segunda entrevista, en una conocida compañía de seguros de vida, en donde el panorama fue totalmente diferente. Para comenzar, ingresé a la oficina (previo aviso por el citófono, en el piso casi-mil de una torre en El Bosque Norte) y personas corrían en todas direcciones, ensimismadas completamente. Si no tuviera formación valórica y hubiera decidido robarme el computador de la recepción, nadie lo habría notado, pues la histeria y el autismo se mezclaban de manera espeluznante.
15 minutos más tarde, apareció la ingeniera a cargo de mi entrevista, sin embargo esbozó un lacónico “espérame un ratito”, suavizado con una sonrisita, y se largó a quién sabe dónde. Tomé asiento y esperé con paciencia. Cuando llevaba 10 minutos con mi terno pegado al cuerpo (fue en diciembre del año pasado, pleno verano), la observé dejar unos papeles en su escritorio y ponerse a charlar animadamente con sus amigas. “¡Qué diablos!, 10 minutos de espera no matan a nadie” – pensé.
Cuando habían transcurrido 20 minutos, mi disposición era distinta. Incluso debo añadir que había comenzado a odiar su voz y su risita quinceañera (en cuerpo de mujer de 30). A los 25 minutos pensé: “Sólo 5 minutos más y me voy. Si no me entrevistan en 5 minutos, me paro y me voy. ¡Ellos se pierden a un futuro ingeniero de la Chile!... ¡y de los buenos!” – me di coraje.
Desafortunadamente el plazo no se venció, de modo que la entrevistadora me condujo, antes que explotara mi malestar, a una sala en donde se llevaría a cabo la entrevista.
Luego de expresar mil disculpas, las que acepté con mi boca, pero no con mi rostro (para hacerla sentir culpable), comenzó el match de preguntas y respuestas:
“Veamos, así que eres buen alumno, tienes cara de mateo” – comenzó.
“Soy estudioso, me gusta estudiar, me va bastante bien y eso me satisface” – respondí intentando ser infranqueable.
“¿Por qué decidiste estudiar ingeniería?” – inicio el contraataque.
“Bueno, porque me gusta la ciencia en general. Creo que hay muchas cosas de la vida cotidiana en donde puedes aplicar la ciencia y hacerlas mejor. La ingeniería te da muy buenas herramientas en ese sentido” – respondí orgulloso, sintiéndome un poco como la agente Scully, defendiendo la ciencia frente a Mulder.
“Entonces, ¿por qué ingeniería industrial?, es la menos científica de las ingenierías de la escuela de la Universidad de Chile” – señaló astutamente.
“Bueno, no fue una decisión directa, fue difícil hacerlo, pero me di cuenta que con una ciencia quizás no tan elevada como la de los matemáticos o físicos, puedes hacer grandes diferencias… y qué mejor en la industria, por ejemplo, donde puedes aplicar modelos para predecir demandas, ordenar la producción. Es muy interesante ese enfoque” – respondí airoso, pensando en que la dejaría atónita.
“Pero ésta es una empresa de servicios… quizás te decepciones acá, en donde no puedes aplicar tanta ciencia…” – disparó sin piedad.
“¡Oooops!, vamos Christian, esta víbora es más dura de lo que crees, dale un buen revés” – me motivé.
Pensé un poco y le dije: “Bueno, lo que sucede es que, a pesar de lo que te dije sobre las empresas que podrían pertenecer más al área de manufactura, de productos tangibles, la industria del servicio concentra como el 70% de la actividad económica. Es algo que todo ingeniero debe conocer en algún momento, porque la mayoría termina trabajando en industrias del rubro servicios” – dije, aunque nada convencido de un triunfo parcial.
“Sí po Christian, la industria de servicios la lleva” – comentó con una sonrisa. “Bueno, ahora dime por qué nuestra empresa y no otra”.
“¡Ooops!, ¿cómo le digo que es una de las primeras ofertas que vi y que quería probar suerte?... vamos, hazte el interesante” – me dije.
“Mira, lo que pasa es que no tengo idea de las empresas que ofrecen seguros, en realidad sólo tengo prejuicios, entonces quería conocer por dentro el rubro, en alguna empresa prestigiosa” – intenté mostrarme ignorante, pero ávido de conocimiento.
“Mmmmh, pero sabes que el trabajo de esta práctica es nada comparado con lo que piensas. Dime, ¿cuál es la diferencia entre un proceso y actividad?” – me interrogó.
Después de buscar en mi cerebro los conocimientos de “Diseños de Sistemas de Información Administrativos”, curso que había realizado 1 año antes, respondí. Quedó conforme y prosiguió: “lo que pasa Christian, es que estamos trabajando en un proyecto y se nos vienen cambios muy fuertes, entonces necesitamos un estudiante de apoyo para esto. ¿Redactas bien?” – intentó atemorizarme. “Necesitamos que redactes muy bien, porque eventualmente tendrías que hacer muchos informes”.
“Buaaaaaaaa, ¡¡qué fome!!” – pensé, intentando salvajemente de que no se me notara en el rostro. “Sí, redacto muy bien… de verdad que redacto muy bien para ser un ingeniero de la Chile” – le dije convencido.
“¡Qué bueno!” – pareció alegrarse. “Ahora, por lo que hemos conversado, tengo la sensación que eres perfeccionista, demasiado quizás”.
“¡Dios mío!, esta mujer es una zorra” – pensé furioso. “Vamos Christian, no te dejes intimidar”.
“Sí, soy perfeccionista si te refieres a que me gusta hacer las cosas bien. Si participo en algo, no abandono el buque hasta que llegamos a puerto y quedamos satisfechos con el resultado” – señalé, preparándome para contraatacar: “¿Crees que es algo malo?, le diste esa connotación con tu voz”.
“No, no, en absoluto. Es que yo era igual que tú, como media ñoña y todo, por eso te lo digo. Siento que me estoy viendo reflejada” – me lapidó.
¿Qué diablos podría hacer en contra de una imagen preconcebida y tan arraigada?
“Bueno, ahora cuéntame de tus pololeos…” – terminó por asaltarme.
Si hay un tema complicado para mí es el de las relaciones amorosas. No podía ir, con toda mi usual desfachatez, y contarle mi idea del amor y de las relaciones entre las personas. Si quería ese trabajo, era mejor disimular…
“Bueno, más o menos. No tengo mucho tiempo para pololear a decir verdad” – contesté, manifestando desinterés en el tema para agotarlo pronto.
“¿Y crees que eso es bueno?. Yo que estoy afuera ya, egresada, te digo, es mejor equilibrar siempre las cosas. Yo también me saqué la mugre estudiando, era súper matea, pero afuera tuve que compartir trabajo con gente que le iba horrible, pero que lo pasó excelente en la universidad, por no decir que se reventó correteando y pololeando… y afuera, fuimos iguales” – respondió.
En ese momento comencé a ver la escena borrosa, como en un sueño, y veía a la ingeniera mover la boca constantemente, pero yo me encontraba en mi cabeza, intentando entender ese contexto ácido y tragicómico en el que me encontraba. A ratos me decía: “filo, si en la clínica me manifestaron directamente su interés en trabajar conmigo y yo estoy muy interesado también. ¡Qué diablos Christian, disfruta de esta experiencia y luego escríbela en tu blog!”.
El resto de la entrevista lo pasé cubriéndome de sus ataques, riéndome forzadamente de sus tallas y deseando que terminara. Cuando finalizó, me dio indicaciones del salario, del horario del trabajo y me comentó sobre los plazos que manejaba para definir el equipo de trabajo. “Pero, ¿estás interesado en trabajar con nosotros?, ¿conmigo?” – indagó.
“¡Sí po!, súper interesado…” – le respondí con mi mejor cara, intentando desempolvar algún dote histriónico oculto.










